Prólogo
Es y no es una novela. Creo que la mejor forma de definir el trabajo que hoy publico es denominarlo «a modo de novela». En este género, si se puede llamar así, la novela no es el fin, sino tan solo el instrumento para hacer más digerible y atrayente lo que se pretende decir, la envoltura en la que encerrar ideas, dudas, sentimientos, contradicciones, conjeturas, perplejidades, etcétera. Podríamos decir que el contenido del discurso es superior a la trama y en él los diálogos y onólogos priman sobre las descripciones.
Miguel de Unamuno ha sido si no el padre de este género, sí uno de sus principales artífices y divulgadores. A sus novelas las tituló «nivolas», y las consideró un vehículo ideal para expresar reflexiones sobre la vida, y la muerte, centrándose en el drama íntimo del individuo y explorando la interioridad y contradicción humanas.
Para el que fuera rector de la Universidad de Salamanca, la novela sirve para explorar las discordancias existenciales, poniendo las ideas en boca de personajes y acciones ficticias más que en discursos teóricos. Sus reflexiones filosóficas, en muchos casos, aparecen «a modo de novela», es decir, transformadas en relato y dramatizadas en el entramado narrativo.
En conclusión, narrar o presentar algo «a modo de novela» significa valerse de los recursos novelísticos —escena, personaje, diálogo, trama, suspense— para ofrecer no solo acontecimientos, historias, relatos descripciones, sino por encima de ellos experiencias vitales, emotivas y complejas, así como ideas, suposiciones, dilemas, interrogantes, controversias.
Libros de ensayos o tratados filosóficos pueden adoptar el «modo de novela» al dramatizar las ideas, personificarlas y narrarlas en vez de exponerlas de manera directa.
Si en tiempos de Unamuno podía ser útil esta forma de escribir, en los momentos actuales resulta casi imprescindible si el autor quiere que le lean. Vivimos en la época de los tuits, en la que todo debe concentrarse en tres o cuatro líneas. Hasta los políticos adoptan esta forma de comunicarse. Los que a menudo escribimos artículos, si nos alargamos mucho con la finalidad de demostrar fehacientemente la tesis que mantenemos, corremos el riesgo de que nadie nos lea, o al menos de que no terminen el artículo. Podríamos preguntarnos cuántas personas serían hoy capaces de profundizar no ya en un tratado filosófico, político o económico, sino en un simple ensayo.
Son tales hechos los que en esta ocasión me han decidido, no sin cierto miedo, a abandonar la forma clásica de ensayo para adentrarme en esta nueva -para mí- manera de escribir «a modo de novela». Debo apresurarme a señalar, no obstante, que lo que se oculta en este libro detrás de este género de novelar no es un ensayo en sentido estricto, con un tema definido, sino más bien un collage de cuestiones de índole filosófica, social, política y económica, que van surgiendo en la narración con una estructura un tanto anárquica y desorganizada. El orden se encuentra únicamente en la trama, en el tiempo y en la cronología.
Por buscar alguna similitud, me referiré de nuevo a don Miguel y a su obra Contra esto y aquello. No encontramos en ella un conjunto estructurado y cerrado de temas, sino que se trata más bien de una serie de reflexiones y notas de crítica literaria, social y filosófica, escritas a vuelapluma. El parecido no se encuentra en las cuestiones que se abordan, ni siquiera en el género, porque en esta ocasión don Miguel no adopta el «a modo de novela», sino en el desorden y en la heterogeneidad de las cuestiones e ideas. Fue esa falta de sistema y pluralidad en los temas la que en un principio me hizo considerar, titular el libro Contra esto y aquello. En el último momento he considerado más adecuado escoger el de Panta Rei, puesto que creo que es «el cambio» el tema que da cierta unidad a toda la obra. De todas formas, esa disparidad en los temas, la forma de seleccionarlos casi a tontas y a locas, tal como van surgiendo o voy encontrándome con ellos, es lo que me permite decir que el libro trata de esto y de aquello.
Unamuno explica la gestación «vivípara» frente a la «ovípara» como dos procesos creativos distintos en la escritura. En esta metáfora, el escritor «ovíparo» es aquel que produce obras a través de una gestación externa, a base de recopilar datos, eventos y documentación antes de escribir. «Enclueca» el texto externamente, planificando y almacenando información hasta que está listo para escribir, similar a un huevo que se incuba hasta que eclosiona.
El escritor «vivíparo», por el contrario, gesta la obra internamente en un proceso parecido a un parto real. Tiene en la cabeza la idea principal y comienza a escribir «a lo que salga», sin un plan detallado previo, dejando que la obra se desarrolle y «nazca» a medida que se crea, casi simultáneamente a su gestación. Unamuno se mostró claramente inclinado hacia este método «vivíparo», considerándolo más enriquecedor y cercano al acto auténtico de creación literaria.
Yo tengo que reconocer que, sin decidirlo expresamente, en este «a modo de novela» he seguido este segundo procedimiento. Cuando comencé a escribir solo tenía pensado el principio y, si acaso, tratar de alguna forma el tema de la Unión Monetaria.
No solo la narración y los personajes han ido surgiendo poco a poco sin tenerlos previamente determinados, sino también los temas, las cuestiones, los interrogantes, la problemática y hasta los acontecimientos históricos y políticos en que detenerme. Todo ha ido germinando durante la escritura, incluso la duración de la obra y el final.
Dicen que la voz narrativa que mejor encaja para escribir «a modo de novela» suele ser la primera persona. Propicia una conexión íntima y directa con el lector, ya que le permite acceder a los pensamientos, emociones y percepciones del narrador protagonista. Es ideal para relatos subjetivos y vivenciales. Yo, sin embargo, he adoptado como narrador a la tercera persona omnisciente ya que puede facilitar diferentes perspectivas, transmitir estados de ánimo, emociones, puntos de vista y opiniones de distintos personajes, amén de aportar información adicional sobre el contexto o el entorno.
Unido a lo anterior, se podría decir que la obra que he escrito es coral en el sentido de que no tiene un protagonista bien definido. El personaje de Ana Sandoval cobra sin duda una mayor relevancia, pero no hasta el punto de convertir a los otros en meros comparsas. No obstante, en sentido amplio sí podríamos afirmar que existe un protagonista, aunque no personal: el cambio. Está presente a lo largo de todo el relato.
Es por eso por lo que al final he optado por el título de Panta rei. Todo fluye, todo cambia.
Es conocido que Platón atribuye la expresión a Heráclito, a pesar de no encontrarse en sus escritos, pero su contenido encaja plenamente con su filosofía y esa frase tan conocida de que uno no puede bañarse dos veces en el mismo río. No solo porque en la segunda vez las aguas del río habrán cambiado, sino porque -y quizás es lo más importante- habrá cambiado el propio bañista. Ya no será el mismo. En la narración que se publica no son solo las circunstancias exteriores, sociales, políticas y económicas las que se modifican, sino las propias personas, y esto es lo que produce más angustia. El cambio está en las entrañas del mismo hombre, incluso del ser.
La transformación desde el primer momento se predica de Ana. Niña rica, que hasta su llegada a Madrid vive en un mundo ficticio, de cierto pasotismo e inocencia: familia, colegio de monjas, universidad y la corresponsalía en Bruselas. Aun cuando el espacio de tiempo en que transcurre la novela (siete u ocho años) es reducido, todo el mundo coincide en que se ha producido en ella una gran mutación en su forma de pensar y en la perspectiva con la que va viendo las cosas. El libro que escribe con la ayuda del profesor Alcázar colabora en su evolución.
El cambio está también presente en el entorno social y político. La incorporación a la moneda única ha modificado de forma sustancial la economía española. La obra comienza en plena crisis, más bien cuando se están haciendo plenamente patentes sus consecuencias, y se empiezan a percibir las dificultades de aplicar una política de izquierdas. Son esas consecuencias y limitaciones las que provocan una fuerte contestación social concretada principalmente en el movimiento 15-M y al mismo tiempo producen la radicalización del nacionalismo hasta transmutarse en posiciones golpistas.
Aunque con carácter retroactivo, la novela narra brevemente las transformaciones surgidas después del franquismo en la Iglesia, con especial atención a los curas rojos de Vallecas, y en quienes se niegan a aceptar dicho cambio, como Julio, el hermano de Ana.
El cambio afecta y de qué manera al partido socialista y a los propios miembros del 15-M. Unos, como Roberto y Daniel, se integran en lo que antes llamaban la casta y otros, como Verónica Casamayor, la amiga de Ana, se niegan a incorporarse al juego de los partidos políticos.
Pero las preocupaciones y reflexiones sobre el tema del tiempo, y por tanto del cambio, se encuentran con más intensidad, lógicamente, en aquellos personajes de mayor edad, concretamente en los profesores Alcázar y Amunástegui. En sus conversaciones hay múltiples ocasiones en las que se hace alusión al hecho de que el tiempo es implacable a la hora de modificar las situaciones y las personas. Ellos -al igual que Ramón Hurtado, el periodista senior que simpatiza con Ana - al encontrarse con personas con las que no coincidían desde hacía muchísimos años se sienten impactados ante la transformación que han sufrido. Les parecen unas desconocidas, aunque en otros momentos hubiesen tenido con ellas una gran amistad o intimidad. El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde está siempre presente en la trama.
Es Jorge Amunástegui, el filósofo, quien pone sobre la mesa con más intensidad la vejez como la situación humana en la que todo va desapareciendo. Por supuesto el pasado, y cómo es una ingenuidad pretender retornar a él; y el futuro, ya que los proyectos son cada vez menos, y sin proyectos el presente se hace inútil y tedioso. En realidad, todo acaba con la muerte, que se va haciendo cada vez más presente. Como afirmó Sartre, el hombre es un ser para la muerte, una pasión inútil. Jorge tenía siempre muy presente la exclamación de Paul Valery: «¡Oh, sol, oh, sol!, tú ocultas al hombre que el universo es solo un defecto en la pureza del “no ser”».
Este relato escrito «a modo de novela» se atiene al tiempo y al cambio, es historia, y en la realidad política de España, una historia insólita que comienza con los preparativos de un golpe de Estado y la respuesta sorprendente del líder de la segunda fuerza política, que se niega a dialogar tras unas elecciones generales con aquel partido que las había ganado. El relato termina alrededor de otro hecho aún más inaudito, más bien impúdico, que aquella misma formación política con 85 diputados se hiciese con el gobierno mediante la coyunda con golpistas y herederos de terroristas, y que en esa operación participasen los hijos del 15-M. Ese periodo está repleto de hechos sin duda increíbles, pero el final de la novela augura que esa historia insólita no había hecho más que comenzar y nos iría asombrando más y más hasta cotas inimaginables.
Quizás alguien estará interesado en continuar con mucho más acierto el relato «a modo de novela» donde yo lo dejo. Como ensayo lo hice hasta las últimas generales, al publicar un libro con el título Tierra quemada.
Solo me queda dejar constancia de que únicamente aquellos personajes que aparecen por sus nombres directa y explícitamente, son verídicos; el resto imaginarios, aunque en mi opinión prototipos de posturas frecuentes y reales. Al mismo tiempo quiero pedir disculpas al lector por mi osadía de adentrarme en un género que no me es propio.
Supongo que sabrá perdonarme, ya que me ha motivado a ello una buena intención: hacer más soportable la lectura.